CAPÍTULO 1 / LOS MALQUERIDOS, de Sergio Gramajo

Alberto Vargas vivía junto a su esposa Isabel y su hijo en una casilla bien plantada al costado de la ruta, antes del puente del kilómetro 29, donde se cruzan los límites de Laferrere y González Catán.


Se ganaba la vida como jardinero. Toda su clientela estaba en las zonas pacatas de Ramos Mejía, y cuando la jardinería cheto-matancera lo dejaba tirado, se dedicaba a cortar el pasto más cerca de su rancho, en el fondo del Independencia, a unas veinte cuadras de su casa. El último barrio de Lafe.


Cada dos por tres se agarraban con Isabel a los gritos, porque él era de perder la guita que ganaba en su laburo, en los campeonatos de truco que hacían los paraguayos de la otra cuadra. Alguna vez ella le acomodó las ideas de un golpe con algún fierro o de un palazo en la mandíbula. Él no se quedó atrás y le devolvió el favor con un gancho en la pera. “Un día te voy a cortar el cogote así no me jodés más”, le dijo en una pelea fuerte. Ella sacó un cuchillo del cajón de los cubiertos y se lo tiró encima. “Dale, cortame el cogote… si sos un cagón vos”, lo toreó.  


Un mediodía, un grupo de vecinos de los del fondo, le había encargado emprolijar los pastizales que crecían al borde del zanjón que atravesaba las calles como una cordillera de agua podrida. Había sido una mañana de mucho sol y se sentó a descansar bajo un paraíso en la vereda. Sacó de su bolso una botella de plástico con agua a medio congelar y desenvolvió un sánguche de milanesa que Isabel le había preparado.


Cuando terminó de comer, le dio mecha a un Derby y lo fumó con paciencia. Después cerró los ojos y se quedó dormido, escuchando las hojas de los árboles que sonaban como un látigo por el viento.


Su breve siesta terminó porque una de las vecinas de esa cuadra se le había parado en frente. El sol le impedía verle la cara, pero al mismo tiempo, le transparentaba el vestido anaranjado, que se le pegaba en el cuerpo como si recién hubiese salido del agua. Una especie de sirena de zanjón que venía a hacerle compañía. Alberto fichó que la mujer no llevaba ropa interior. Le invitó agua y puchos. Ella le dijo que se llamaba Haydeé y le habló del calor y de lo bien que se está a la sombra de los árboles. Le dijo que le gustaba pensar que el agua podrida que atravesaba el barrio, era el mar, y que los bordes que la contenían, arena blanca para hacer castillos. Él no le habló de su esposa ni de su hijo. Solo le dijo que la besaría tanto, que el mar iba a estar siempre en su puerta, todos los días. Ella lo invitó a ir hasta su casa y se amaron en el calor de la siesta, que lo quemaba todo en su silencio.


Se empezaron a ver casi todos los días, y Alberto pasaba más tiempo con Haydeé que con su familia. Prácticamente dejó de ir a trabajar a las zonas conchetas de Ramos, para poder verse con su amante.


Isabel había empezado a sacarle la ficha, sobre todo cuando se dio cuenta de que su esposo ni siquiera llevaba las herramientas de trabajo cada vez que salía. Y una mañana que Alberto llegaba a la puerta de la casa de su amante, ella lo alcanzó y le encajó una trompada con la mano empuñando un cacho de piedra que había levantado de la vereda. Haydeé, que no supo de la existencia de Isabel y del hijo hasta ese momento, lo metió a la rastra a su casa para que se recuperara del desmayo por la piedra-mano vengadora de la esposa, que se mandó mudar ni bien Alberto cayó al suelo, inconsciente.


Cuando se despertó, Haydeé miraba por la ventana y los ojos, rojos, parecían a punto de explotarle. Le pidió que se fuera. Él intentó convencerla pero ella estaba resuelta a echarlo a la mierda. Alberto le dijo que podía traer a su hijo para vivir todos juntos con ella. “El problema es que estás casado, Alberto”, y agregó “casado con una loca, encima”. Que se tenía que ir porque una familia lo esperaba. Que ella no quería tener problemas con nadie. Que andá saber de lo que era capaz la tipa si él la dejaba y se venía a vivir con ella. Él no dudó. Tomó la decisión como si lo que le había dicho Haydeé hubiese sido una orden. El hombre entendió lo que quiso. O andá saber si no era una decisión tomada incluso antes de conocer a su amante, o de recibir la trompada de piedra de Isabel. 


Al llegar a su casa, fue hasta el cuartito del fondo, donde guardaba sus herramientas de trabajo y agarró el machete que relucía de filo en el rincón más oscuro del sucucho ese. El hijo dibujaba en la mesa de la cocina. Isabel, con los ojos reventados de llanto, estaba saliendo del baño y cruzó una sonrisa con el nene. El hombre con el machete la alcanzó sin que ella tuviera tiempo de nada. El hijo vio desangrarse a su madre a los pies de la mesa. Afuera llovía. De golpe la casa se llenó de gente, de ruido y de policías. Esa fue la última vez que Falopa había visto a su padre.


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