Prólogo de Santiago Craig para LOS MALQUERIDOS

Antes de que haya un mapa y un territorio, antes de que las fronteras verdaderas se dibujen con compás y regla y planificaciones estatales ya hay algo que palpita en la tierra. Algo irreductible. ¿Una música? ¿La cadencia de un latido, de una respiración? ¿Un zapateo de fantasmas, una danza ancestral de saltos y pasos y rituales? Antes de que un lugar sea un lugar, sea su nombre y su cartel, la estación del tren, la peatonal, los rincones y las casas, es un modo en el que el mundo se dice, un modo en el que el mundo se calla. Es un ritmo que puntea la partitura de un destino.


¿Dónde viven los malqueridos? ¿Dónde está la frontera de su territorio? En el oeste de este devenir, habitan, sobre todo, una forma de decirse, un lenguaje.


Laferrere es una geografía armada de las costumbres y los recorridos del trabajo y el ocio y la violencia y la amistad y el sexo y lo que la gente siendo gente hace. Es una tarea que se arma y se dice entre todos, entre los apuros, los tejes, los asuntos. Nada, si se quiere, sin eso. El tiempo de Laferrere es el tiempo que pasa haciéndose a sí mismo. ¿Es el mismo tiempo el de aquel que plantó una higuera, el del que baja de ahí los higos, el del que los vende y el del que con esa plata después compra un vino en caja, puchos, la comida de la noche? ¿Le pertenecen a alguien los nombres que en Laferrere se dicen? Moco, Falopa, Caño. Cada quien es un apodo y una cosa, a la vez alguien y algo. En una tierra que nombrándose, se arma. No hay tiempo para el inicio, por eso, cuando vayamos a leer esta historia, tenemos que entender que, si bien las novelas de iniciación se supone que inician algo, el que nace en Laferrere parece más bien estar condenado a un fatal in media res; a nacer, como diríamos de forma más prosaica, en el medio de un quilombo. Uno precedente y uno que, de no cambiar mucho la cosa, y la cosa no pinta para cambios, va a seguir ahí cuando quien venga, viva y pase.


Los malqueridos lo son porque asumen, en algún sitio, el amor. El bueno, el útil, el funcional, el que les niega el lenguaje que es su biografía. Porque hay trazos de los que les toca vivir, secuencias, que ya parecen haber sido para ellos hechas, contadas antes, construidas: el abandono prematuro de la escuela, la cancha dibujada en el campito y el crack descalzo llevado en andas por sus pares antes desconfiados de su pericia y ahora, por un rato, todo felicidad, todo amor, deslumbrados. Una película de hace cuarenta años o de un futuro en el que podemos depositar la confianza de que algunas cosas seguirán igual. Hay una forma de amor para los malqueridos y es permanecer. Poder estar, que las cosas sigan. Que salga el sol, que los amigos estén, que los días sucedan. Tocar y sentir, como si la sed pidiera chupar por el agujerito de una naranja las palabras que los hacen: la mesa de melamina, las moscas, el zaguán, el jardincito, las piezas, los catres. Los estigmas de Cristo y el estribillo de una canción de los Redondos. Todo es ritual, todo es fundante en un mundo que se deshace y se rehace cada noche. Esos santos y liturgias espontáneos.


Hay tramas y hay historias personales en este libro, en ellas se adentrarán ahora, con ellas vivirán un tiempo. Ese tiempo será de la novela, los personajes, quienes lean. Escenas que traen imágenes compartidas: Maradona en su último mundial gritando un gol desaforado antes de que le cortaran las piernas, antes del duelo nacional por su tristeza y, a la vez, en la intimidad que el mundo propone, el debut sexual de un chico en el conurbano, recorridos ya los boliches que transpiran al borde de la ruta. En esa costa de pasto amarillo y ruedas de colectivo quemadas, partidas, dejadas ahí en el recorrido siempre idéntico. A esos lugares vamos. De la desidia, la tristeza, el carnaval y las canciones, del suelo de la comisaría, del cemento de la cancha, el silencio, pocas veces, por ejemplo, ante la muerte. A esos lugares va esta novela a traer de nuevo de vuelta a casa (como quería Dylan) las palabras que se llevan de ese territorio hacia otros lados y que el lenguaje vacío de la crónica policial encapsula con sus reglas y sus compases. Acá se abre de nuevo, se vuelve fresco y vivo, narración. Se vuelve historias y gente.




Santiago Craig

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